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Cómo llegar

Grecia: El Cañón de Vikos (2)

Publicado el 02/10/2016 en Salud

dsc_0177Sólo nos parábamos a beber agua o tomar una foto rápida. De repente, tras cinco horas de marcha continuada, el cañón se abrió y nos encontramos en una llanura en la que crecían árboles de pequeño tamaño que no proyectaban ninguna sombra. El sol estaba en su punto más alto en el cielo. En pocos minutos, nuestra ropa quedó empapada en sudor. El caminillo empezó a remontar, primero suavemente, luego de manera más pronunciada y, por fin, de manera abrupta. Entre el calor y lo escarpado de la pendiente, las piernas empezaron a flaquearnos. Teníamos la boca seca. Poner un pie delante del otro se convirtió en un supremo esfuerzo, una continua batalla mental y física: “párate, sigue, no puedo seguir, si que puedes, un poco más”, etc., etc. La batalla se hacía más y más encarnizada y el  ritmo de nuestra  marcha más y más lento. Por fin, llegamos a la cima y aún nos quedaron fuerzas para gritar. “¡¡Lo hemos conseguido!!” Cerca, en una carreterilla asfaltada, había un banco cubierto por una marquesina y una fuente, seguro refugio para los caminantes como nosotros. Agradecidos, nos dejamos caer en el banco y por unos minutos no pensamos en nada.

Una vez empezamos a sentirnos mejor y nuestro cerebro comenzó a funcionar más o menos normalmente, me quité la camiseta empapada y la retorcí, dejando un charco de  sudor en el suelo. Nos pusimos bajo el caño de la fuente y bebimos hasta saciar la sed. Unos pocos minutos de inanición y en seguida reanudamos la marcha para llegar al centro del pueblecito de Vikos, que estaba a unos cien metros y en donde había dos cafés-restaurante, unas pocas casitas y un mirador. Nos sentamos bajo la parra del restaurante más cercano y pedí una jarra de cerveza y una botella de agua, al tiempo que dejaba mi camiseta, para que se secase, sobre unos pedruscos que parecían un horno por su temperatura. A continuación llamé a Dimitris, nuestro hotelero, para que viniera a recogernos. Y pudimos descansar, contentos por lo que habíamos logrado.

Dimitris nos dijo que seis horas y cuarto (lo que nos había llevado recorrer los 13 kms. del cañón) se consideraba una buena marca para gente joven y en forma, así que nos alegramos. Una vez llegamos al hotel, en Monodendri, nos duchamos y cambiamos de ropa, dejando que se asentaran las sensaciones del día. Al atardecer, según bajábamos la callecita empedrada para ir a cenar, empezamos a notar las agujetas y una cierta rigidez en las articulaciones.

Por la noche dormimos como troncos y nos recuperamos del cansancio, pero al despertarnos teníamos el cuerpo dolorido. Una ducha caliente nos alivió, aunque menos de lo que pensábamos. Bajé las escaleras hasta el patio donde desayunábamos reteniendo el aliento: mis rodillas se quejaban a cada escalón y los músculos de las pantorrillas se me acalambraban. Pasamos dos días más en el pueblecito, descansando y caminando despacio por los caminos más llanos que podíamos encontrar. Y de esta manera, nuestros cuerpos volvieron a funcionar normalmente.

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