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Grecia: El cañón de Vikos (3)

Publicado el 02/10/2016 en Salud

dsc_0188Al tercer día, salimos hacia Kastraki, un pueblecito situado al pie de unas montañas únicas, unos monolitos rocosos que suben en vertical desde la tierra al cielo. En la cumbre de algunos de ellos divisamos lo que parecían castillos de cuento de hadas, pero que eran en realidad monasterios cargados de historia, lugares sagrados que albergan tesoros de valor incalculable para el pueblo griego y para la humanidad. Seis de ellos están habitados por monjes y abiertos parcialmente al público. Hoy constituyen una de las mayores atracciones turísticas de Grecia. Nosotros queríamos visitarlos.

Sin saberlo, habíamos llegado  a Kastraki al comienzo de una gran festividad (cuatro días de duración) de la Iglesia ortodoxa. La habitación que habíamos reservado, en un alojamiento céntrico, era minúscula y daba a la cocina del restaurante. La temperatura era sofocante y el ruido de voces y risas se prolongó hasta altas horas en nuestra primera noche. Imposible dormir ni descansar.

A la mañana siguiente, con los ojos y la cabeza nublados, nos echamos a la calle con la esperanza de encontrar un lugar más tranquilo donde quedarnos. Con tanta suerte, que descubrimos a las afueras del pueblo lo que parecía una hermosa casa tradicional del país, un hotel con vistas fabulosas a las montañas regentado por personas encantadoras. Durante seis días, ese fue nuestro hogar y nuestro refugio.

Nos dedicamos a explorar los pueblecitos de alrededor y visitamos tres de los monasterios. Desde el hotel, subimos andando a dos de ellos. Y para bajar, cogíamos senderos de montaña que nos llevaban a uno u otro de los pueblos del valle. Estas caminatas, aunque requerían esfuerzo, no nos resultaron especialmente difíciles.

Estábamos felices. Parecía que después de nuestra hazaña en el Cañón de Vikos nos habíamos rejuvenecido y ya nada nos cansaba. Así, los últimos seis días de nuestras vacaciones en Grecia fueron los mejores.

Yo recordaba haber leído que cuando nos exigimos un esfuerzo algo fuera de lo normal, nuestras mitocondrias (esas “fábricas de energía” que son parte de nuestras células) se reproducen con más facilidad y de ese modo nos proporcionan más energía. Esta energía la podemos usar o no. Naturalmente, si no la usamos, se pierde. Pero si la utilizamos, como hicimos nosotros, somos capaces de mucho más.

Y de este recuerdo y de mi experiencia tras cruzar el cañón de Vikos, nació mi propósito de estimular la creación de fuentes de energía en mi cuerpo con el fin de volver a sentirme como en mi viaje a Grecia.  Os invito a que probéis.

 

 

 

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Grecia: El Cañón de Vikos (2)

Publicado el 02/10/2016 en Salud

dsc_0177Sólo nos parábamos a beber agua o tomar una foto rápida. De repente, tras cinco horas de marcha continuada, el cañón se abrió y nos encontramos en una llanura en la que crecían árboles de pequeño tamaño que no proyectaban ninguna sombra. El sol estaba en su punto más alto en el cielo. En pocos minutos, nuestra ropa quedó empapada en sudor. El caminillo empezó a remontar, primero suavemente, luego de manera más pronunciada y, por fin, de manera abrupta. Entre el calor y lo escarpado de la pendiente, las piernas empezaron a flaquearnos. Teníamos la boca seca. Poner un pie delante del otro se convirtió en un supremo esfuerzo, una continua batalla mental y física: “párate, sigue, no puedo seguir, si que puedes, un poco más”, etc., etc. La batalla se hacía más y más encarnizada y el  ritmo de nuestra  marcha más y más lento. Por fin, llegamos a la cima y aún nos quedaron fuerzas para gritar. “¡¡Lo hemos conseguido!!” Cerca, en una carreterilla asfaltada, había un banco cubierto por una marquesina y una fuente, seguro refugio para los caminantes como nosotros. Agradecidos, nos dejamos caer en el banco y por unos minutos no pensamos en nada.

Una vez empezamos a sentirnos mejor y nuestro cerebro comenzó a funcionar más o menos normalmente, me quité la camiseta empapada y la retorcí, dejando un charco de  sudor en el suelo. Nos pusimos bajo el caño de la fuente y bebimos hasta saciar la sed. Unos pocos minutos de inanición y en seguida reanudamos la marcha para llegar al centro del pueblecito de Vikos, que estaba a unos cien metros y en donde había dos cafés-restaurante, unas pocas casitas y un mirador. Nos sentamos bajo la parra del restaurante más cercano y pedí una jarra de cerveza y una botella de agua, al tiempo que dejaba mi camiseta, para que se secase, sobre unos pedruscos que parecían un horno por su temperatura. A continuación llamé a Dimitris, nuestro hotelero, para que viniera a recogernos. Y pudimos descansar, contentos por lo que habíamos logrado.

Dimitris nos dijo que seis horas y cuarto (lo que nos había llevado recorrer los 13 kms. del cañón) se consideraba una buena marca para gente joven y en forma, así que nos alegramos. Una vez llegamos al hotel, en Monodendri, nos duchamos y cambiamos de ropa, dejando que se asentaran las sensaciones del día. Al atardecer, según bajábamos la callecita empedrada para ir a cenar, empezamos a notar las agujetas y una cierta rigidez en las articulaciones.

Por la noche dormimos como troncos y nos recuperamos del cansancio, pero al despertarnos teníamos el cuerpo dolorido. Una ducha caliente nos alivió, aunque menos de lo que pensábamos. Bajé las escaleras hasta el patio donde desayunábamos reteniendo el aliento: mis rodillas se quejaban a cada escalón y los músculos de las pantorrillas se me acalambraban. Pasamos dos días más en el pueblecito, descansando y caminando despacio por los caminos más llanos que podíamos encontrar. Y de esta manera, nuestros cuerpos volvieron a funcionar normalmente.

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